En el diccionario Espasa Calpe se define “adolescencia” como aquella etapa de transición de la infancia a la edad adulta. La sociedad post moderna ha contemplado el hecho de que los más jóvenes transitan momentos (años, en realidad) de inactividad, de cuestionamiento y rebeldía frente a las ideas y hábitos socialmente consensuados. Después de este tiempo de pasividad y de incertidumbre, los jóvenes se vuelven activos y comienzan a vivir su adultez. ¡ Atrás quedan los dolores de cabeza que más de una vez causaron a sus padres ! por no querer estudiar, trabajar, ayudar en las tareas de la casa y tantas otras cosas.
Lo que parece seguro es que el mundo adulto ha tenido que relacionarse desde siempre con los jóvenes, a los que hoy llamamos “adolescentes”. Personas que están creciendo, que muchas veces sufren por no comprender, por no encajar, por pensar distinto. El reconocido filósofo alemán, Johann Wolfgang Goethe, transmite estas vivencias desesperanzadoras en su novela “Las desdichas del joven Werther”, publicada en 1774. El protagonista, un muchacho pobre y enamorado, se quitará la vida ante la indiferencia de Charlotte. Soñador, ultra romántico e inmerso en la más absoluta pobreza, el ficticio joven Werther ejerció gran influencia entre los más débiles y desesperados de la juventud alemana contemporánea a la fecha de publicación de la obra de Goethe, a punto tal que esa historia los terminó de convencer sobre la idea de suicidarse.
El estudio de las sociedades primitivas nos permite conocer los ritos de iniciación, entre los que se destaca el paso de la niñez a la adultez. Normalmente, en el caso de las niñas, la ceremonia se realiza cuando tienen doce años, una vez iniciada la menstruación. El lenguaje de estas comunidades no cuenta con la palabra “adolescencia”. (No obstante, es sabido que lo innombrable no es sinónimo de inexistente). En ellas, se prefiere la palabra “joven”, que es el todavía inexperto, es decir, la persona que debe aprender por sí misma y sin ayuda de los adultos a cuidar la casa, a criar a los hijos, a pescar, a cazar… tareas asignadas según el género, ya sea masculino o femenino. En ellas, el joven suele ser alegre y despreocupado, incluso, a veces, se rebela contra las costumbres de su comunidad.
La Fundación Talitá Kum, de Buenos Aires, Argentina, es un grupo de laicos y religiosos católicos cuya propuesta es acompañar el crecimiento de los más jóvenes de una manera tolerante y amorosa. Nótese que su punto de vista es muy interesante. (De hecho, es la mejor información en español que he encontrado en Internet sobre cómo pensar la adolescencia). Su reflexión, si bien es dogmática, es a la vez abierta y comprensiva. Luego volveremos a hablar de ella.
El título del artículo que se presenta en una de las páginas del sitio web de la Fundación Talitá Kum es sugerente: «Custodiar “el sueño de los cien años” de los adolescentes». En los primeros párrafos de la nota se nos explica que la frase “el sueño de los cien años” se inspira en el cuento infantil “La Bella Durmiente”, escrito por el reconocido autor francés Charles Perrault, en 1697. El mismo título y la misma historia serán llevadas al ballet dos siglos más tarde en Rusia, con música de Piotr Ilitch Tchaikovsky, uno de los más famosos compositores de la música moderna.
Este relato, junto a otros siete, fue tomado por Mr Perrault de la tradición oral europea y forma parte del librito “Historias o cuentos del pasado”. En esta obra descolla, asimismo, “La Cenicienta”. Los personajes son hadas y animales que hablan, príncipes encantados, princesas, reyes… Algunos representan a héroes, otros, a villanos. Las tramas de estos relatos transmitidos de generación tras generación fueron modificadas antes de ser llevadas a la imprenta por uno de los más importantes precursores de la literatura infantil occidental. En ellas, todo es más dulce (las malas acciones pergeñadas por los “villanos” eran mucho más crueles en la tradición oral) y los finales son felices y alentadores. Desde su publicación, hace ya más de tres siglos, los cuentos relatados por Perrault han entretenido a niños de todo el mundo, principalmente, en Occidente.
Repasemos el argumento de “La bella durmiente”. Había una vez un rey y una reina que mucho se lamentaban por no poder tener hijos. Un día, una rana se apareció frente a la reina y vaticinó que Su Majestad pronto traería un niño al mundo. Antes de cumplirse un año, le nació una niña muy hermosa. Los reyes organizaron una gran fiesta para celebrarlo, a la que invitaron a parientes, amigos y a las hadas del reino, a fin de que cada una de ellas le concediera un don a la pequeña princesa. (Según la mencionada tradición oral, las hadas son seres fantásticos femeninos, que tienen la capacidad de regalar diferentes habilidades o rasgos a sus protegidos. También hay hadas dañinas). En el reino eran un total de trece. Como el rey no podía agasajarlas a todas –-tenía sólo doce platos de oro--, una de ellas no fue invitada.
Cuando el banquete llegaba a su fin, cada una de las hadas prodigó a la niña recién nacida maravillosos regalos, tales como los dones de la virtud y de la belleza. Fue entonces que apareció el hada que no había sido invitada. Despechada por ello, vaticinó: “Al cumplir sus quince años, la princesa se pinchará con un huso y caerá muerta”. Afortunadamente, faltaba que una de las hadas formulara su deseo, de modo que atenuó semejante desgracia al decir: “No será en manos de la muerte que caerá la princesa, será en un profundo sueño que durará cien años”.
Según la leyenda de la Bella Durmiente, nombre con el que se conocía a la princesa, este encantamiento recaería tanto sobre ella como sobre el resto del reino. Alrededor del castillo pronto crecería una zarza espinosa, que lo tornaría impenetrable e invisible a la distancia. El paso del tiempo se detendría, por lo que los personajes no envejecerían. El sortilegio sería interrumpido cien años más tarde, cuando un mancebo príncipe, sorteando las zarzas, entrara al castillo y besara en los labios a la princesa. Todos despertarían de su largo sueño y los jóvenes príncipes se casarían y vivirían felices el resto de sus vidas.
Volvamos al punto de vista de la Fundación Talitá Kum. La nota «Custodiar “el sueño de los cien años” de los adolescentes» señala que el cuento “La Bella Durmiente” nos puede ayudar a comprender el misterio de la adolescencia, muchas veces teñida de dramatismo por los jóvenes que la transitan y por sus padres, que la contemplan. El “sueño de los cien años” puede interpretarse como una metáfora del tiempo que les lleva madurar a los adolescentes. En algunos casos, se necesitan sólo un par de años, en otros, muchos más. «Pasados los “cien años” de una maduración interior, misteriosa y real, “algo” comienza a transformarse de adentro hacia fuera. Y (…) el corazón empieza a despertarse», se afirma en el artículo.
Luego se destaca que la dormición de los más jóvenes es sólo aparente, ya que todo proceso, incluso el de la vida misma, es un devenir constante. Esta inactividad e incertidumbre muchas veces provoca ansiedad y malestar en los padres. Por eso se invita a que moderen su pensar, si bien se enfatiza que deben “custodiar”. Posicionados en la comprensión y en la advertencia ante cualquier dificultad o mala conducta, los adultos de la familia deberían acompañar a los adolescentes en su crecimiento. Así de bonito lo expresa el artículo de referencia: «… “estar ahí” sin invadir, respetar distancias sin abandonar, y, por sobre todas las cosas, creer profundamente en el misterio interior que se gesta en el corazón de cada ser humano, cuando aparentemente sólo “duerme el sueño de los cien años”».
¿Estaban pensando Perrault y Tchaikovsky en que la Bella Durmiente podía entenderse como una metáfora de la adolescencia cuando crearon sus obras artísticas, uno para la literatura, el otro para el ballet? Lo desconocemos. Hasta ahora no se conocen registros de ello. Lo que sabemos, por cierto, es que muchos han sido los educadores que han interpretado de esa manera este cuento, y tantos otros. Veamos un ejemplo. Décadas de 1930 y 1940, ciudad de Buenos Aires, Argentina, colegio pupilo de niñas y señoritas, primario y secundario, dependiente de la Orden alemana “Congregación del Verbo Divino”. Allí estudió mi madre. Las estudiantes tomaban diariamente de la biblioteca diferentes libros de cuentos infantiles, así como la obra de Homero. Las maestras, religiosas alemanas, solían explicar a las alumnas que “La Bella Durmiente” era una imagen de la adolescencia. Muchas de ellas, aún niñas, las miraban turbadas; es que no comprendían lo que significaba “imagen” ni “adolescencia”. Lo que sí percibían eran las cariñosas exhortaciones que recibían cuando las invitaban a apurarse: “¡A ver si se quedan dormidas como la Bella Durmiente!”.
El artículo de la Fundación Talitá Kum aporta otra reflexión interesante para pensar la adolescencia. Antes de citarla, conviene adentrarse en su contexto. Jesús, el hijo de Dios de la Cristiandad, en su paso por esta tierra, en el Medio Oriente, hace más de 2000 años, fue convocado un día a la casa de Jairo, jefe de una sinagoga en la antigua Palestina, porque su joven hija estaba muriendo. Todos esperaban que realizara un milagro. Marcos, uno de los discípulos de Jesucristo, devenido luego en evangelista –-es decir, en relator de su historia, doctrina y milagros— señala que cuando Jesús llegó al lugar, afirmó: “…la niña no está muerta, sino que duerme” (Véase La Biblia, Nuevo Testamento, Evangelio de San Marcos, 5, 39). Luego, le ordenó que se levantara y la niña, que ya tenía doce años, así lo hizo y empezó a caminar. En el artículo de referencia, se utiliza esta cita para parangonar la “muerte” o la inactividad de los más jóvenes con la dormición, ese estado de letargo que muchas veces parece no tener fin, hasta que un día sucede el milagro del soñado despertar.

Nota:
La autora es maestra de español lengua extranjera, periodista y editora de textos, en Buenos Aires, Argentina. Puedes visitar sus sitios web pulsando estos enlaces: GrammaramaSpanishClasses.com Grammarama - Contenidos en español